En busca de un estilo propio

Creo que todas somos, cuando admiramos, un poco cotillas.

Ciertamente que no nos parece lo mismo querer conocer los amores y desamores de alguna actriz famosa, que querer conocer los entresijos de la mente de nuestras escritoras favoritas… pero creo que en el fondo, sí lo es. Hay algo de admiración, algo de envidia y un poco de deseo de ser tocadas por esa vida/capacidad maravillosa.

A mi me pasa continuamente con las y los escritores que amo, ciertamente que también puedo comprender que se escondan y guarden celosamente su intimidad, pues a quien le agrada ser vendida en publica subasta, desde luego a mi no. Pero entender el medio social en que vivieron, las lecturas que acompañaron sus primeros años, e intentar descubrir donde radica ese Don que hace de sus palabras, palabras mejores que las nuestras, es aunque pueda parecer contrario a lo expresado anteriormente, un ejercicio de autoconocimiento, y de búsqueda de una misma… lo que nos distancia, para mal o para bien, de los lectores de prensa semanal a color.

Y todas estas vueltas, para confesar que este verano me he dejado seducir por este cotilleo disfrazado de esfuerzo intelectual y me he embarcado en amenas conversaciones sobre Jane Austen, con Óscar Sánchez Vadillo, gracias a que este último ha escrito y publicado un estudio sobre la autora a través de su obra. El libro lo publica EDIMAT S.A., en la colección “Mujeres en la historia” y si me ha alegrado su lectura ha sido porque por primera vez he podido conocer la opinión de algunos hombres sobre la que es una de mis autoras favoritas. Aunque ciertamente las opiniones más citadas, y variadas, son las que sobre ella vertió Virginia Woolf.

Pero les voy a compartir lo que dejo dicho Chesterton, no porque yo lo comparta en su totalidad… que no lo hago, sino por lo que tiene de tributo:

Muchos hombres que ofrecen el aspecto de haber prendido fuego al mundo han dejado al menos pruebas suficientes sobre lo que les inflamo a ellos mismos. Hombres como Coleridge o Carlyle prendieron sus primeras antorchas en las llamas de místicos alemanes o especulares platónicos igualmente fantásticos; atravesaron calderas de cultura donde personas menos creativas incluso podrían haber ardido en las llamas de la creación. Jane Austen no se inflamó, no se inspiró para ser un genio, ni siquiera lo persiguió; simplemente era un genio. Su fuego, lo que había de él, comenzó en ella misma, como el fuego del primer hombre que trotó dos palos secos uno contra otro. Algunos dirán que los palos que froto estaban muy secos. Lo que en cualquier caso es cierto es que con su propio talento artístico ello hizo interesante lo que miles de personas aparentemente iguales hubieran hecho aburrido (…) El talento de Jane Austen es absoluto, no puede analizarse en términos de influencias. Ha sido comparada con Shakespeare, y en este sentido nos hace recordar la broma sobre el hombre que dijo que podría escribir como Shakespeare si tuviera su inteligencia. En este caso nos parece ver a miles de solteronas, sentadas ante miles de mesas de té: todas ellas podrían haber escrito Emma si hubieran tenido su inteligencia (…) No hay la más leve indicación de que esta inteligencia independiente y este espíritu jocoso no estuviera contenta con una rutina domestica que abarca pocas cosas y en la cual escribir una historia tan domestica como un diario en los intervalos entre pasteles y bizcochos, sin necesidad de mirar por la ventana para tener noticias de la Revolución Francesa.