Cuentos más personales

Desde la adolescencia escribo cuentos para adultos. Pero nunca hasta los treinta y cinco años los había considerado suficientemente buenos, literariamente hablando, como para ser publicados. Y ahora, me encuentro llamando a la puerta de las editoriales y recibiendo respuestas medianamente amables, donde me dicen “no”.

Mi libro de cuentos más personales, se titula “Frágiles biografías”. Son siete cuentos que narran retazos de vida, pero de vida común y silvestre… de gentes vulgares, mediocres… esas gentes que sustentan el mundo.

Me gustaría poder compartirlos aquí, pero en general son demasiado largos… aunque quizás puedan hacer algun comentario al respecto de este:

Ella y ella

para Esther, una de ellas

Ella sentada en su butaca, de espaldas a la ventana, recitaba unos versos de Luis García Montero:

señor compañero, Señor de la noche, haz que no cante el gallo sobre los edificios, que se retrase el día y que duren tus sombras el tiempo necesario. El tiempo que ella tarde en decidirse”

Pero ella (la evocada poéticamente) nunca había soñado con ella.

Ella sentada en su butaca, en realidad andaba demasiado ocupada para eso pero no lo sabía y ella (la otra, la que hacía elevarse oraciones por caminos prestados) estaba por no soñar con nadie, ya había soñado demasiado.

Incomprensiblemente y de improviso se encantaron de pies a boca re-mirándose y todo fue por no salir corriendo.

Ella, la que soñaba sin tener conciencia, andaba debatiéndose por esas cuestiones tan banales como el sentido de la vida. Y ella, la evocada, se había decidido por ser una persona estable, razonable y controlada.

Ella, la que soñaba, estaba definiéndose en su yo, como si el existencialismo no hubiera pasado ya de moda. Mientras la ella poética, andaba intentando progresar para no pensar en nada.

Se conocían de tiempo, y se estimaban, en el sentido más políticamente correcto del termino. Se escribían, de manera ocasional y no pensaban, sobre ellas, más allá de la certeza ciega de saber que hay personas en la vida que están sosteniendo el decorado y eso basta.

Y sus negaciones las llevaron a un desencuentro casual. Ella, la independiente del tipo “puedo sola”, llamó a la amiga soñadora y expectante, para tener un hombro compañero en el que descansar. Y ella, descentrando la atención, ya descentrada, de su trabajo y de sus obligaciones adquiridas por amor a la virtud, aceptó, se lo imponía su conocimiento inexacto de lo que significa la amistad… y quien sabe si por no llenar un hueco de ocio, sin el habitual ladrillo laboral.

Y terminaron la noche pensándose muy mal. Ella, la soñadora inconsciente, fue calificaba de rebelde y de terca; mientras que la ella evocada recibió el titulo de decimonónica insensata. Fue así como cada una partió y sin quererlo ni ella, ni ella, el recuerdo les completó los sueños.

Para cuando se volvieron a encontrar, ya no recordaban sus malos pensamientos.

¿O eran solo los malos los que recordaban?

Ella le habló y su voz sonó dulce, la observó; ella la miró como se mira a quien nos es desconocido… pero nos resulta familiar. Fue entonces cuando su sonrisa le llamó la atención, pero al escucharla, el sentido común la acompañó, y pese al pensamiento, respondió sensatamente, como si no se hubiera desdoblado en dos.

Ella conversaba pausado, por que era pausada al conversar. Explicaba despacio por un amor desmedido a la pedagogía, mientras ella escuchaba, y como toda alumna crítica, ante un buen profesor, aprendía.

Ella no se percataba, ¿o si lo hacía? de que cada palabra le salía con la misma intensidad de la mirada, una mirada que acariciaba, y su voz resbalaba por las mejillas simples, por la cabellera cebada, por las manos veloces; y subía y bajaba con su tono la caricia sonora en un abrazo latente que la rodeaba palmo a palmo, como si fuera cierto que la estaba tocando.

¿La tocaba?

Pero ella estaba en rebeldía, no quería ser más la chiquilina que se conforma con escuchar atenta a la sabiduría, no quería ser musa maquinal del docente. Quería seducir su inteligencia tan apasionadamente como podía, si quería, seducirle el cuerpo. La miraba, la escuchaba, la aprendía, se sentía seducida.

Pero… ¿seduciría?.