No se si alguna vez pensó que iba a vivir tanto. 66 años más después de aquel día 6 de junio que lo atormento lo suficiente como para escribir cuentos donde los personajes se suicidan, o inventar guerras a las que van a enviar solo a los mayores de setenta años… absurdas y sin motivo, como todas las guerras.
Lo que J.D. Salinger pensara o dejara de pensar ha hecho soñar a muchos, por supuesto, yo soy una de tantas que se ha imaginado lo que supondría conversar con él. Pero anoche supe que lo que consideraba imposible desde hace 27 años, es de ahora en adelante, del todo imposible.
He escrito una entrada muy personal, en mi blog muy personal, que más puedo decir…
Hace algo más de un año, alguien se tomo el tiempo de transcribir una traducción al castellano de mi cuento favorito “Justo antes de la guerra con los esquimales”… si no conocen los cuentos de Salinger, no dejen de leerlo, para mi son tan buenos como el mismísimo “Guardián entre el centeno”
El cuento comienza así:
Durante cinco sábados seguidos, por las mañanas, Ginnie Maddox había jugado al tenis en las pistas del East Side con Selena Graff, compañera suya en la clase de la señorita Basehaar. Ginnie pensaba francamente que Selena era la más boba de toda la clase—en la que abundaban ostensiblemente las bobas de marca mayor—, pero al mismo tiempo no había nadie como Selena para traer continuamente nuevas cajas de pelotas de tenis. Su padre las fabricaba, o algo por el estilo. (Una noche durante la cena, para ilustración de toda la familia Maddox, Ginnie había evocado la visión de una comida en casa de los Graff; la escena suponía un criado perfecto que servía a todos por la izquierda, aunque en lugar de un vaso de jugo de tomate dejaba una lata de pelotas de tenis.) Pero esta historia de dejar a Selena en su casa con un taxi después del tenis y luego cargar—en cada ocasión—con el pago de todo el importe del viaje, era algo que a Ginnie le estaba alterando los nervios. Después de todo, la idea de coger un taxi en lugar del autobús había sido de la propia Selena. Y ese quinto sábado, mientras el taxi arrancaba dirigiéndose hacia el norte por la avenida York, Ginnie dijo de pronto:
—Oye, Selena…
—¿Qué?—dijo Selena, ocupada en tantear con una mano el suelo del taxi—. ¡No encuentro la funda de mi raqueta!—se lamentó.
Pese a la templada temperatura de ese mes de mayo, las dos chicas llevaban abrigos sobre sus shorts.
—La guardaste en el bolsillo—dijo Ginnie—. Escúchame ahora…
—¡Oh, menos mal! ¡Me has salvado la vida!
—Oye—dijo Ginnie, a quien no le interesaba la gratitud de Selena.
—¿Qué?
Ginnie decidió ir al grano. El taxi se estaba acercando a la casa de Selena.
—No tengo ganas de cargar otra vez con el pago de todo el viaje—dijo—. No soy millonaria, ¿sabes?
Selena puso primero expresión de asombrada, después de ofendida:
—¿Acaso no pago siempre la mitad?—preguntó con ingenuidad.
—No—replicó Ginnie rotundamente—. Pagaste la mitad el primer sábado, a comienzos del mes pasado. Y desde entonces, nunca más. No quiero ser mezquina, pero estoy viviendo con cuatro dólares y medio por semana. Y de ahí tengo que…
—Yo siempre traigo las pelotas de tenis, ¿no es cierto? —preguntó Selena con tono desagradable.
A veces Ginnie sentía ganas de matar a Selena.
—Tu padre las fabrica o algo así—dijo—. No te cuestan nada. Yo no tengo que pagar hasta la más mínima cosa que. . .
—Está bien, está bien—dijo Selena levantando la voz y con un aire de suficiencia como para asegurarse la última palabra.
En forma displicente, se revisó los bolsillos del abrigo.
—Sólo tengo treinta y cinco centavos—dijo, fríamente—. ¿Es bastante?
Lo encontré en esta web
También pueden leerlo en ingles, aquí.

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