Ayer, el Centro Andaluz de las Letras, me invitó a compartir un ratito (algo más de una hora) con niñas y niños de sexto de primaria. Eran del colegio público José Nogales de Aracena… pero no sabían que después del recreo tenían una cita.
Quizás sus profesores/as consideraron que era más efectivo no decirles nada… tomarlos por sorpresa y trabajar a posteriori… y allí estaba yo, a las 12:00, recibiendo a un grupo de 80 niñas y niños que me miraban con expectación.
Como nadie sabía quien era yo, se me ocurrió que lo mejor era que nos inventáramos a Carmen Ibarlucea,… se dijeron muchas cosas… que si era vasca, que si era de la India, que si era una hippy, que si venía de la Edad Media, que si era de Madrid… en fin, que acá les dejo una recreación de lo que concluimos era “La verdadera historia de Carmen Ibarlucea”.
Desde la India llegó una mujer. No tenia nada material, pero traía con ella todo lo que había aprendido en su tierra natal, la religión, la vestimenta, y las ganas de ser feliz.
Buscando un lugar para vivir, donde fuera acogida sin preguntas y sin necesidad de dinero, llegó al País Vasco donde fue acogida en una casa okupa. Al principio trabajo en lo que iba saliendo, pero pronto se dio cuenta de que a todo el mundo le gusta su ropa, que tenia un aspecto exótico, con cierto toque medieval. Y por ello se decidió a coser sus propios diseños y venderlos en los mercados medievales. Estaba contenta porque ganaba suficiente para vivir y puedo alquilar una casa con una ducha estupenda, que era el lujo que más apreciaba.
De mercado en mercado, aquella mujer iba recorriendo el país, conociendo cada rincón y fue así como la descubrió un critico de moda, que la invito a participar en la Pasarela Cibeles de Madrid. Sus diseños fueron todo un éxito, y ella sintió que había encontrado su lugar en el mundo.
VV.AA (unos 80)
Después hablamos de muchas cosas, de razones para leer, de razones para escribir… de los caminos para llegar a publicar, del negocio editorial (editoriales, distribuidoras, librerias, bibliotecas), todo en medio de una participación desbordante, manos levantadas, ideas e inquietudes que no cesaban.
Espero que lo pasaran bien, yo disfruté mucho recordando mi infancia, ahora tan lejana, cuando escribía cuentos por encargo para mis compañer@s de clases… hicimos una prueba, una niña me dio un titulo “El gato y el ratón” y yo inventé un pequeño cuento.
En el mundo de los animales, también existe el miedo y la preocupación. Eso le sucedía a la Sra. Ratona que era madre de siete hermosos ratoncitos, pero vivía angustiada por que en la misma calle vivía un gato tremendo, corpulento y silencioso, al que ella veía como una peligro para la seguridad de sus ratoncitos, y por eso no los dejaba salir a jugar a la calle.
Lo que no sabía la Sra. Ratona es que aquel felino, de aspecto tan fiero, era la mascota de una ¿dulce? abuelita. Era la señora un poco maniática de la limpieza y el orden, y aunque no quería vivir sola y por ello había buscado la compañía de un gato, no soportaba que su minino arañara las alfombras, o trepara por las cortinas. Fue por esa razón que lo llevo a la clínica veterinaria y ordeno que le arrancaran las uñas de raíz… con anestesia, por supuesto.
De modo que la Sra. Ratona sufría innecesariamente, porque su vecino el gato, desuñado como estaba, no podía ya cazar a nadie, ni a nada.
Suerte, que como todo se sabe en los vecindarios pequeños, el chihuahua del final de la calle, se había enterado de la desgracia del gato; y un día en que acudió a merendar a casa de la Sra. Ratona que hacía un pastel de queso exquisito, entre bocado y bocado le contó la mala suerte del gato. “¡¡Ay, pobre animal!” exclamó la Sra. Ratona, “¡ y yo pensando mal!”.
La desgracia del gato, fue la suerte de los ratoncitos que, por fin, pudieron salir a jugar a la calle, probando sus fuerzas, sus habilidades, cayéndose y levantándose… equivocándose a veces, haciendo todo lo que es necesario para aprender y llegar a ser mayores.
Mientras tanto, la Sra. Ratona, el chihuahua y el gato disfrutaban de interminables charlas, que siempre concluían con la misma reflexión…
“El miedo no es un buen consejero”

Que cuento tan bonito Ipe, si cuando yo digo que eres buena narradora y escritora es por algo.
besos