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“Una vez sí quise ser escritor. Me lo tomé en serio. Decidí denunciar, hacer novelas de estilo y tendencia: realismo social. Pero estas cosas ocurren cuando uno se cree adulto (lo cual es una memez importante). Cuando te curas, si es que aún te gusta escribir, escribes desde el alma. Y entonces, curiosamente, sin pretenderlo, haces literatura infantil o juvenil…”.
Parece que estoy en racha de rendir homenajes. el miércoles pasado fue a José Monleón por su premio Max, hoy es un homenaje triste y a destiempo. ayer, 11 de junio, murió Juan Farias, mi amiga Silvia ha compartido en Facebook uno de sus cuentos, una muestra clara de como se escribe desde el corazón… ya quisiera yo seguir sus pasos.
Yo se lo decido a Alba, por que los cuentos (digan lo que digan) no tienen más dueño que aquel que los necesita.
No sé si el cuento que ha venido a entristecerme es para niños; puede ser un cuento de niños para padres o para que un padre y su hijo lo escuchen cogidos de la mano.
Empieza así:
Hace muchos, muchos, muchos años, en la antigua China, en una ciudad de papel y barro, blanca de caolín, entre plantas de arroz y té, un niño igual que todos los niños, volaba su cometa.
No recuerdo si la cometa era un dragón verde de papel pinocho, o una caja de tres colores, cada uno dedicado a un espíritu bueno, o la sonrisa de un niño, una
sonrisa amplia, de oreja a oreja, y aún más.
Un niño y su cometa en el viento.
El viento se sentía feliz y el niño también lo era, lo era tanto que sintió la necesidad de compartirlo con alguien, por ejemplo, con su padre.
El niño, como casi todos los niños, pensaba que su padre era lo más importante del mundo, más que el viento, la cometa o un gran plato de arroz con la flor de la miel.
Pero el padre, como muchos padres, era más amigo de dormir la siesta o de tomar el té con los amigos que de perder el tiempo con cosas de niños.
El niño invitó a su padre a jugar con la cometa, a reír con el viento.
El padre, como casi todos los padres, respondió:
– Tengo cosas más serias que hacer. Déjame dormir tranquilo, ¿quieres?
El niño se puso triste y el viento se enfadó.
Sí, el viento se enfadó y como era amigo de todos los espíritus de la antigua China fue a pedirles ayuda.
Y habló con el espíritu del tiempo que es largo y llega desde el principio hasta el fin de casi todas las cosas.
Y el espíritu del tiempo consultó con el espíritu del sueño, que es redondo, se repliega sobre sí y runrunea.
El viento, el sueño y el tiempo tomaron una decisión y el padre se quedó dormido un día y otro, una semana, un mes y otro mes, un año y otro año y otro año…
La cometa del niño se fue haciendo pedazos.
El niño creció, fue hombre, tuvo hijos y les hizo cometas que también se hicieron pedazos.
Y mientras, el padre dormía.
Cuando el tiempo, el viento y el sueño decidieron que era suficiente, mandaron un enorme moscardón de bambú, de tres colores y muy ruidoso, a que se posase sobre la nariz del padre.
Y el padre se despertó para encontrarse cara a cara con aquel anciano tan triste.
– ¿Quién eres tú? -preguntó el padre-. ¿Qué haces en mi casa?
– Soy un anciano al que dejaste sin recuerdos y sólo por dormir la siesta.
– No sé qué quieres y no te conozco.
– Me conoces. Soy tu hijo. Crecí sin jugar contigo. Tuve hijos sin que jugaras con ellos.
Y el anciano, tomando entre sus manos las manos del padre, le preguntó con todo el cariño que aún no había recibido:
– ¿Has dormido bien, papá?
Otra cosa que me gusta de él, y en la que coincide con mi esposa (al que yo nunca hago caso, y esta mal) es esta …
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“De los premios no hay que hacer ni caso. Más de un premio nacional es una componenda política. Muchas veces los jurados no leen lo que se presenta. Los premios no sirven para nada. En todo caso pueden ser un chiripazo que le abra las puertas a un novel. Bueno, si es para eso, vale. Pero a un “profesional” sólo le justifica un buen trabajo. Lo positivo de los premios es que le dan unos duros al ganador. Es un juego que no me gusta. La literatura no es una carrera de bicicletas”.

muy bueno, un beso Ipe.